Acaba de pasar una semana santa que cualquier religioso podría interpretar como una en la que todos los pecados del país se limpiaron por tan abundantes lluvias. A ese hipotético personaje le digo lo siguiente: las lluvias no son idóneas para limpiar cosa alguna, mucho menos para expiar la corrupción, violencia u otros actos lastimosamente humanos (no humanistas) que tanto agobian al país del "sagrado corazón". Pero no deseo realizar un escrito en el que arremeta contra los fanáticos religiosos, porque los hay, ni tampoco gastaré mi cortada inspiración en palabras que puedan evidenciar mi disgusto con el estado de las cosas a nivel socio-político en nuestra nación. De lo que deseo ocuparme es de algo que tal vez toque a cualquiera de los osados lectores que aposentan su vista sobre este blog, de un asunto que me atraviesa y que se manifestó mucho durante esta semana que acaba de pasar. No puedo nombrar sobre aquello que deseo discurrir, pues no le encuentro nombre y acaso pudiese invitar a alguien a que bautizase este sentimiento, síntoma, enfermedad, etc., del que me dispongo a escribir.
Estando en la finca que ya en otras entradas he mencionado y viendo cómo todos los días caía sin cesar el vapor de agua condensado que se precipitaba desde las nubes, me invadió una sensación que nunca antes había sentido. Para empezar, mi sueño andaba alterado (aún lo está) y sólo logré conciliar éste cuando los pájaros cantaban. Me levantaba a eso de las 2 de la tarde para almorzar y ya en ese momento la lluvia caía. Hasta ahí, nada que no hubiese vivido en otros momentos de mi vida. Mi disturbio subjetivo se hizo presente cuando yo, teniendo el firme deseo de salir a hacer deporte o agotar las muchas energías que poseo (incluso calóricas porque he comido en exceso últimamente), no me aventuraba en lo absoluto a enfrentar esas gotas que durante horas azotaron los predios de una finca que por 20 años ha hecho parte del patrimonio familiar. La lucha interna, mental si se quiere, que se desató para que mis extremidades inferiores contribuyeran en la acción efectiva para lograr este deseado cometido siempre favoreció a la quietud. Nunca caminé hacia mi cuarto para cambiarme de ropa y por ende nunca salí más allá del corredor que sirve de límite entre los adentros de la casa y las afueras donde varias actividades se pueden llevar a cabo.
¿Por qué sé que no es pereza de lo que trata esta sensación que imposibilitó mis impulsos? Porque al menos en parte me conozco y sé que de "la madre de todos los vicios" me emancipo cuando abandono la cama y créanme que para dejar el lecho de una buena cama como en la que dormí, desde la cual escuchaba una relajante lluvia afuera y levantarme aún sabiendo que el ambiente exterior a mi cobija estaba más frío, todo ello es muestra de que la pereza no es la X a despejar en esta ecuación.
Es triste saber que ese niño que fui ya no es y tan sólo se halla guardado en los rincones más recónditos de un inconsciente. Maldigo a ese niño por no manifestarse en momentos como éste, en los cuales precisaba de su jovialidad, de su omnipotencia, de su furor, de su urgencia por despojarse de un impulso que lo fastidiaba a tal medida que, desafiando cualquier gripe u otro virus que pueda causar la sobre-exposición a la lluvia, se habría dispuesto a menguar su necesidad por moverse, por correr, por saltar, por nadar, incluso por enlodazarse hasta la testa.
Durante siete días irregulares debido a mi trasnocho, cedí a una fuerza que dolorosamente inmovilizaba. Se me hace difícil describir aquello que lograba que me mantuviese dentro de la casa. Es por demás estúpido preguntar por qué no opté por leer un libro, el cual ciertamente me acompañó, ya que aquello que deseaba mayoritariamente era salir y ejercitarme de alguna manera, no importaba si sólo era caminando por pasajes rurales. Ver televisión y comer fue mi actividad diaria. Más me puedo acribillar mentalmente si confieso que sin tener necesidad de comer, buscaba constantemente algún alimento para llenar mi boca y estomago consecutivamente. ¿Qué me pasó?
Nunca podrá ser la connotación temporal en donde pueda hallar respuesta a esto que me ocurrió en semana santa; puede que sí halle una respuesta por mi propia cuenta o con la ayuda de cualquier persona. Lo único que me queda claro es que algo me está pasando que hace que cada día que pasa se sienta como el trámite natural del soliloquio existencial de un inútil en formación. Habita en mí una sensación que me permite decir que mayor cosa no poseo y, a manera de paradoja, siento que algo estoy perdiendo.
"La muerte puede consistir en ir perdiendo la costumbre de vivir."
César González-Ruano
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