Mientras llueve acá en Medellín, se me hace más necesario re-iniciar mi actividad bloguera haciendo una entrada en la que verse sobre un lugar donde estas lluvias que demoran en cesar es casi que un fenómeno extraño. Quisiera dar una suerte de homenaje a Tuluá, ubicada en el corazón del Valle del Cauca, de donde proviene mi familia que se apellida con ese Tobar que a todos les cuesta problemas escribir con "B" ya que es más popular el que lleva en toda la mitad una "V".
Estar allí, sufriendo un calor-húmedo que se podría calificar de inclemente, sirvió para bajar un poco una cierta sensación de angustia que me venía invadiendo. Estar allí fue de verdad gratificante en muchos sentidos. En verdad hay una noción de familiaridad allí entre los miembros que componen el clan Tobar y para colmo de bienes dicha noción la hacen extensiva con aquellos miembros, que por cosas de la decisión voluntaria que da rumbo a nuestras vidas, viven lejos; en este caso el acogido fui yo. No es que antes no lo hubiera sentido, todo lo contrario, pero lo que no dejaré de agradecer es que en efecto siempre se me presta esa inclusión a una familia que ha sido distante y ante la cual también he sido distante. Pero siento que ahora las cosas cambian y mucho. Ya no me son distantes y tampoco me siento que les sea distante a ellos. Qué le vamos a hacer pero las cosas a veces tardan en consolidarse.
Mi estancia allí estuvo marcada por la excesiva ingestión de platos típicos de la tierra, por jornadas deportivas, por momentos de fiesta y recreación, como también por instantes de galanteo.
Iniciando con el aspecto alimenticio, el asombro de poder adquirir una chuleta de cerdo de medio metro por tan sólo 20.000 pesos fue bastante. No digo que me la haya comido yo sólo, me ayudaron dos personas a las cuales las invade un hambre voraz igual o mayor al mío. Lo que por estas tierras llaman milanesa de cerdo, allá es conocida como la chuleta de cerdo y el sabor, digan lo que digan, sí varía bastante. Algo debe haber en la preparación de dicho plato que hace que mis papilas gustativas permitan que yo sienta una diferencia marcada o puede ser en efecto una trampa psicológica que se viene ejecutando desde que visitaba a esta tierra en mi infancia para que así yo logre rescatar esta parte valluna que hace parte de mi herencia cultural. Para no alargar más la cosa sólo diré esto, so pena de estar atentando contra el ego regionalista paisa: ¡chuleta de cerdo como la de allá no se come sino allá! Ahora bien, como en algún momento llegué a compartir por medio del twitter, la sobredosis de chontaduro de la cual fui sujeto fue algo excitante literalmente. No lo digo por sus discutidas cualidades afrodisíacas, lo digo por lo rico y gustoso que es para mí el comer chontaduro o beber su jugo. Es prácticamente imposible no detenerse a comer una bolsa con 5 pedazos de este delicioso fruto proveniente de la región pacífica colombiana bañado en limón, sal y miel, cuando en cada esquina hay una imponente mujer afro-colombiana buscando su sustento diario mediante la venta de este manjar semi-ovalado de carnosidad naranja. No saben acá en Medellín de la maravilla que se pierden, porque además de tener un sabor particularmente delicioso que escapa a mi pobre capacidad descriptiva, es altamente nutritivo. Creo que buena parte del problema de mal nutrición que aqueja a algunos compatriotas se podría reparar si el gobierno pusiese sus ojos en una región pacífica bastante descuidada y recurriera a los cultivadores de chontaduro para así poder hacer llegar este fruto a muchas partes del país. Dos pájaros de un sólo tiro: combaten la mal nutrición y hacen que la región pacífica gane muchos más ingresos mediante el comercio interno extensivo del chontaduro, claro que habría que tener una cura efectiva para combatir el cáncer nacional que es la corrupción.
Dejaré pasar otros encuentros con la gastronomía vallecaucana para poder dar una visión más general de mi reciente paso por Tuluá. Continuaré con la incursión deportiva que hubo a lugar en estas cálidas tierras. Ésta se vio motivada por el aumento de peso que en mí se efectuó merced a tanta comida que tragué al inicio de mi paso por el Valle del Cauca. Me inauguré deportivamente en una caminata junto al compañero "sentimental" de una de mis tías. Yo supuse que la ruta escogida no iba a generar en mí cansancio alguno, puesto que en una temporada en la cuál viví en la finca de mis padres me dediqué a caminar por las diferentes veredas y por ende, las lomas y la altura del lugar eran algo que hacía que estuviese lo suficiente preparado para soportar cualquier ruta que el Valle -empecemos por ahí- pudiera presentarme. En efecto, no me cansé e impuse un ritmo intenso para mi acompañante, el cual se jactaba de tener un paso endemoniado y que pocos eran capaz de seguir; no me vanaglorio de haberlo sobrepasado, al fin y al cabo soy más joven que él. Al día siguiente de esta caminata, mi "tío político" me propuso caminar hasta un corregimiento de Tuluá llamado La Marina. Me advertía que para llegar allí se necesitaba de buen estado físico ya que "¡es una subida bravísima, oís!" Acepté esta especie de reto y nos dispusimos a caminar los 11 kilometros que separan a Tuluá de La Marina. Todo inició muy normal: nada de cansancio, lomas que no eran lomas (a mi gusto) y una ya muy normal ventaja sobre mi acompañante hasta que llegó el momento en que me dije que debía exigirme y que por lo tanto trotaría. Me despedí de mi compañero caminante y me dispuse a ser un individuo trotador. No elucubraré sobre la ventaja que tomé, pero valga decir que por fin sentí algo de cansancio. Al llegar al parque de La Marina, nos tomamos un jugo de naranja natural y desayunamos mientras esperábamos que mi tía nos recogiera. Toda esa tarde descansé porque ya estaba programado para un partido de baloncesto en La Victoria, que es otro municipio del Valle. Fui invitado por el novio de mi prima hermana y yo acepté gustosamente. Llegó la hora del partido y estaba bastante golpeado en las plantas de mis pies por haberme sometido a unas caminatas que si bien no cansaban eran largas y se recorrieron con unos zapatos no diseñados para ejercitarse. Para mi desdicha, me tocaría jugar este partido con esos mismos zapatos. Jugué prácticamente todo el partido, no hice ni una sola cesta, en la parte defensiva tuve un rendimiento más bien regular aunque mi estado físico no se vio diezmado en ningún momento, pero eso no hace que me sienta contento con mi desempeño. Con esto finalizó mi etapa de deporte en el Valle del Cauca y con la espina de que algún día debo volver a La Victoria para tener una actuación a la altura de la que sé soy capaz de dar.
¿Cómo ir a Tuluá sin sacar un momento para tomarse unas cuántas "canecas" de aguardiente Blanco del Valle sin azúcar? ¿Cómo evitar ir a una discoteca para bailar buena salsa y con mujeres que bailan más que bien este ritmo? ¿Cómo no intentar tener una aventura con una valluna? Y también, ¿cómo no celebrar el día de la madre ya que coincidía con mi estancia allí? Todo esto que propongo a manera de interrogante se llevó a cabo. El sabor de un muy buen aguardiente -que se cuide la FLA- amenizó todas estas noches animosas y festejadas, fue el combustible para azotar baldosa bailando salsa como debe ser bailada -otra acusación que será refutada hasta la muerte por el lamentable ego regionalista paisa, aunque esto del regionalismo afecta a casi todos los representantes de las diferentes regiones de Colombia. Ahora, el lograr "levantarse" a una valluna, he ahí algo un poco complicado. No sé si en todo el Valle sea así, pero por lo que he podido percibir en Tuluá es que si no se es narcotraficante o si no se posee cantidades notorias de dinero, es bastante difícil tener la más mínima oportunidad de poder disfrutar de la compañía de una voluptuosa mujer valluna. Pero al parecer corrí con suerte. En una noche logré bailar con una agradable mujer local y obtener su número de celular, ya de acá para adelante no me parece necesario ni de mayor incumbencia relatar cosa alguna. Sólo me queda decir al respecto que la fiesta allí la disfruté, no sé si sea que el calor incrementa el ambiente que se vive, no sé si el aguardiente anfitrión tenga un efecto especial ya que estamos en una tierra donde la caña pasa directo del campo a la botella si se quiere, pero de algo puedo estar seguro: que los momentos de esparcimiento dionisiaco en Tuluá se hacen bastante especiales porque la compañía es la familia, una que como ya dije acoge sin problema alguno a quien está ciertamente separado por kilometros de carretera, pero que siempre ha tenido la certeza de que hace parte de un grupo que se apellida de forma atípica.
Ir un tiempo a Tuluá permite que entienda cada vez más muchas cosas que logran estar impregnadas en mi subjetividad ya que la herencia que se pasa por medio de la palabra se inicia, una parte al menos, en este lugar. Al interactuar cada vez más con los hermanos de mi padre, al compartir más tiempo con mi abuela y hablar mucho más con ella logro comprender ciertas cosas que constituyen la representación que tengo de mi papá, quedando el eterno enigma de poder comprender su ser. Y pues vaya y discuta conmigo cualquier persona avezada en psicología o psicoanálisis, pero al entender ciertos detalles sobre los orígenes de mi padre o de la manera en que funciona esa parte de mi familia, logro entenderme un poco más a mí mismo. Pero en especial es más instructivo para mí auto-conocimiento el poder acercarme más a despejar la ecuación que representa mi padre y me place decir que algo he logrado en ese terreno: he concatenado lo que puede significar liberarse sin estar por ello sujeto a la libertad. Por esto y tantas cosas más, para mí siempre será gratificante ir a dicha tierra, siempre tendré un vínculo especial con ella y hasta que la energía vital me lo permita la visitaré para deleitarme con lo que tan sólo allí puedo encontrar.
¡Que bueno es terminar un escrito sintiendo tranquilidad!
"La familia supone emprender un viaje hacia la libertad."
Lao-Tse