Ya cansado de mi desempleo, he resuelto volver a un negocio que genera ingresos a partir de la muerte. Sí, vuelvo a trabajar en una funeraria. Ya lo había hecho y la verdad fue un empleo digno y bien remunerado. Tengo amplia experiencia en aquello de arrastrar un ataúd que contiene el cuerpo inerme de alguien que ya no nos acompaña en vida; no se me hará para nada extraño el tener que sacar a un difunto del ataúd que alquilan los dolientes para así proceder con la cremación de su ser querido ya muerto, como tampoco se me dificultará estar rodeado de personas que sufren (unas honestamente, otras con hipocresía) la pérdida de alguien que ya no es.
Aunque no parezca una labor que de mucho me sirva para aquello que estudié, podría yo decir que en efecto tiene grandes beneficios: fortalece el mantenimiento de distancia emocional frente al cliente, enriquece el trato cordial pero impersonal (algo para nada oximorónico), pule el sentido de responsabilidad horaria (no siendo esto algo que me haga falta pulir) y cultiva profundamente la prudencia puesto que hay situaciones inherentes al servicio exequial y expresiones de dolor por parte de los dolientes que harían que cualquiera se pusiera a reír o incluso a llorar dado el caso. A estas alturas me cuestiono el porqué no he colocado en mi hoja de vida mi pasaje por dicho empleo como experiencia laboral, ya que a leguas es algo que ha colaborado extra-académicamente con mi profesión hasta ahora en desuso.
Veo entonces con beneplácito mi regreso al trabajo que día a día permite experimentar de cerca la única verdad que posee el ser humano: la muerte.
"La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene."
Jorge Luis Borges
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